El fenómeno que alguna vez pareció un simple calentamiento estacional de las aguas costeras se ha convertido en la principal amenaza climática de la región del Pacífico. Mientras la intemperie destruye carreteras en Chile y arrrasa cultivos, la economía del continente saca cuentas de pérdidas multimillonarias.
El escenario de la catástrofe: Cuando el océano cambia las reglas
Todo comienza casi de manera imperceptible. En algún punto del Océano Pacífico central, los vientos alisios pierden fuerza. Una enorme masa de agua cálida, que durante años los vientos empujaron hacia las costas de Australia, da media vuelta y avanza hacia Sudamérica.
Frente a las costas de Chile y Perú, la temperatura del océano aumenta entre 2 y 4 grados. Para una persona, es la diferencia entre «fresco» y «cálido», pero para el sistema climático del continente representa una falla sistémica.
En lugar de la habitual corriente fría y de aguas ricas en nutrientes, las ciudades costeras quedan atrapadas en un ambiente tropical. El océano comienza a evaporarse de forma intensiva, cubriendo el cielo con nubes densas y alterando la circulación atmosférica: donde durante siglos casi no caía una gota de agua, el cielo se desploma, mientras que en zonas antes húmedas, los embalses se secan.
La geografía del impacto: Países en la línea de fuego
América Latina vive El Niño bajo un escenario kafkiano: la naturaleza golpea al continente con dos caras opuestas al mismo tiempo.
Chile: Entre la inundación y la mina seca
En la zona central de Chile, el patrón se repite con una precisión alarmante. Las lluvias intensas coinciden con el deshielo en los Andes. Ríos como el Mapocho, Maule y Biobío se transforman en torrentes de barro que arrasan puentes e inundan valles agrícolas dedicados a la cereza y la vid.
Al mismo tiempo, en el norte del país, en pleno desierto de Atacama, la sequía propina un duro golpe a la industria minera del cobre. El procesamiento del mineral exige enormes volúmenes de agua, un recurso que simplemente escasea.
Cuando un río inunda huertos o destruye un puente en la principal carretera del país, las pérdidas no se limitan al asfalto roto o las cosechas perdidas. La logística se desploma al instante. La reconstrucción de la infraestructura obliga al Estado a desviar recursos de proyectos de desarrollo a largo plazo para consumirlos en reparaciones de emergencia.
— Informe analítico de economistas de la Universidad de los Andes.
Perú y Ecuador: Cuando el mar deja de alimentar
Aquí El Niño golpea donde más duele: la pesca y las ciudades costeras. Al calentarse el agua, la anchoveta —pilar de la exportación pesquera en Perú y el norte de Chile— migra hacia aguas más frías al sur o se desplaza a mayor profundidad. Las flotas pesqueras quedan paralizadas, mientras en tierra firme se desencadenan los huaicos (desprendimientos de barro y rocas) que sepultan comunidades enteras.
Colombia y el Canal de Panamá: El bloqueo hídrico del continente
Mientras Chile y Perú sufren inundaciones, Colombia y América Central se hunden en la sequía. En Colombia, el nivel de los embalses hidroeléctricos cae a mínimos, elevando el riesgo de racionamientos eléctricos.
Sin embargo, el impacto más sonoro se siente en Panamá. El nivel del lago Gatún —la arteria del Canal de Panamá— cae a niveles críticos. La capacidad de tránsito del canal se reduce entre un $20\%$ y un $30\%$. El embotellamiento de buques de carga eleva de inmediato los costos del flete marítimo a nivel global.
Personas y economía en cifras
La escala del problema superó hace tiempo el ámbito de la meteorología. Hoy, El Niño es un factor económico determinante:
- Hasta 2% del PIB: Es la pérdida acumulada que sufre América Latina en un horizonte de tres años tras cada ciclo severo (datos de la CEPAL).
- 4,8 millones de personas: El incremento potencial en la pobreza debido a la inflación de los alimentos y la pérdida de empleo en el sector agrícola.
- 25,8 millones de niños y niñas: En riesgo directo por falta de agua potable, brotes infecciosos y destrucción de infraestructura escolar.
¿Por qué nunca estamos preparados?
La gran paradoja de América Latina es que El Niño no es un asteroide inesperado. Se conoce su llegada con meses de anticipación, pero el continente vuelve a quedar vulnerable.
- Construcción informal: Las riberas de ríos secos y las laderas inestables se siguen poblando sin obras de drenaje adecuadas.
- El agua que se pierde en el mar: Durante las lluvias en Chile y Perú caen millones de metros cúbicos de agua, pero no hay infraestructura suficiente para almacenarla debido a la falta de embalses modernos y sistemas de captación.
- La política del incendio: Los Estados prefieren destinar cientos de millones de dólares a la reconstrucción posterior en lugar de invertir decenas en la prevención previa.
Las medidas adoptadas tras la declaración de emergencia resultan mucho más costosas que la preparación basada en pronósticos. La región necesita dejar de apagar incendios y asumir una gestión proactiva de los riesgos climáticos.
— José Manuel Salazar-Xirinachs, Secretario Ejecutivo de la CEPAL.
¿Qué esperar a futuro?
La principal advertencia de los climatólogos es clara: debido al calentamiento global de los océanos, las treguas entre ciclos son cada vez más cortas. Si antes transcurrían entre $5$ y $7$ años para recuperarse, hoy los nuevos episodios aparecen cada $2$ o $3$ años, sin dar tiempo a que las economías se restablezcan por completo.
Para Chile y la región, el margen para la simple observación se ha agotado. La adaptación —desde la desalinización y la protección de cauces hasta los seguros paramétricos agrícolas— ya no es solo una agenda ambiental, sino una prioridad de supervivencia económica.
