Bandera en la plaza, apretón de manos en el palacio

Lo que realmente pasó el 9 de julio en Santiago

Santiago, 9 de julio de 2026, 10 de la mañana. La Plaza de la Ciudadanía, frente al Palacio de La Moneda, amaneció vestida de gala. No era un día cualquiera: se conmemoraban los 200 años de la institución presidencial, pero también, y con más fuerza, el 144º aniversario del combate de La Concepción, aquella batalla de 1882 en la que 77 soldados chilenos prefirieron morir antes que rendirse. Por eso, cada 9 de julio, miles de reclutas del Ejército de Chile juran bandera. Y este año, 2 532 de ellos lo hicieron justo ahí, bajo la mirada del presidente de la República, José Antonio Kast.

El rito militar: juramento y bandera

La ceremonia fue solemne, sin concesiones a la improvisación. Sobre la losa de la plaza, las compañías formaban cuadros perfectos. Botas relucientes, uniformes impecables, el viento moviendo las franjas de la bandera nacional que minutos después sería izada. Kast, con banda presidencial y traje oscuro, ocupó el estrado junto al comandante en jefe del Ejército, general Pedro Varela. No vistió uniforme, pero su presencia allí, como jefe supremo de las Fuerzas Armadas, fue un mensaje en sí mismo.

Uno a uno, los reclutas pronunciaron la fórmula de rigor: «Juro por Dios y por esta bandera…». La voz del jefe de la guarnición se amplificaba por los altavoces, y los 2 532 jóvenes repetían la promesa de «ser valientes, leales y amar a la patria». Kast no dio un discurso extenso no es su estilo, pero observó en silencio, con el rostro grave, mientras el pabellón nacional ascendía lentamente por el mástil. Fue un acto breve, castrense, pero cargado de simbolismo: el presidente, cuyo respaldo ciudadano se desmorona, se aferraba al único poder que aún no le discute: el mando de las tropas.

El encuentro en La Moneda: los presidentes

Terminado el izamiento, la escena cambió de escenario. Kast se trasladó al interior del palacio, a los salones donde la historia de Chile se ha escrito con tinta y, a veces, con sangre. Allí lo esperaban los ex presidentes —los que quisieron venir. Gabriel Boric, su antecesor y antagonista ideológico, llegó puntual. Eduardo Frei Ruiz-Tagle, el veterano de la transición, también. Los acompañaban Cecilia Morel, en representación del fallecido Sebastián Piñera, y Miguel Patricio Aylwin, hijo del ex presidente Patricio Aylwin.

Pero la foto del «presidente familiar» no fue completa. Michelle Bachelet no asistió —oficialmente, está en gira internacional por su candidatura a la secretaría general de la ONU; oficiosamente, su campaña no cuenta con el respaldo del gobierno de Kast, y en La Moneda nadie lloró su ausencia. Ricardo Lagos tampoco: retirado de la vida pública desde hace más de un año por problemas de salud.

Así, la reunión reunió a tres mandatarios: el actual y dos ex. Bastaba para que la prensa llenara titulares.

Las palabras: rivales, pero no enemigos

El encuentro no fue protocolarmente frío. Hubo discursos, y sorprendieron por su tono. Boric, que hace apenas cuatro meses entregó la banda a Kast, tomó la palabra con una franqueza inusual:

Hemos sido rivales en ideas y seguramente lo seguiremos siendo, pero nos une Chile, y tal como lo expresara en una carta que le entregué el 11 de marzo, en el cambio de mando, como expresidente siempre estaré disponible para lo que la República requiera.


Y añadió, con un guiño al contexto latinoamericano:


En momentos en que a lo largo de toda América Latina, quienes representan ideas opuestas muchas veces no pueden verse, creo que esta invitación tiene un valor mucho más profundo que solamente las palabras que cada uno pueda dar. Representa también la continuidad de la República y la fortaleza de sus instituciones.

Kast, fiel a su estilo directo, respondió sin aspavientos:

Cada presidente recibe un país que no comienza con él, y todos tendremos legítimas diferencias. «Oye, me dejaste esto» o «no me dejaste esto»: lo habrá dicho el Presidente Boric sobre el Presidente Piñera, y así sucesivamente. El Estado y la Presidencia tampoco terminan con uno.

Frei, el más veterano, puso la cuota de solemnidad casi patriarcal:

Más allá de la figura temporal de quien ejerce el cargo, la Presidencia de la República representa el alma misma de la nación. Un mandatario se despoja de su militancia al cruzar el umbral del Palacio de La Moneda. Un presidente debe esforzarse a diario por sanar divisiones y construir puentes sobre la diferencia.

Hermosas palabras. Pero todos sabían que eran eso: palabras. La política real seguía su curso fuera de los salones.

El rating de Kast cae, y la seguridad no mejora

Porque mientras los ex presidentes hablaban de unidad, los números del gobierno de Kast cantaban otra canción. Cuatro meses después de su llegada a La Moneda, su aprobación ha caído en picada: de un 52 % en marzo a un 38 % según las últimas encuestas Cadem y Criteria. Las razones son prosaicas: la economía no despega, la inflación sigue alta, y el caballo de batalla de su campaña la seguridad no ha dado resultados.

La delincuencia en el Gran Santiago no ha disminuido. Los robos con violencia, los portonazos, el comercio ilegal, las amenazas de extorsión se mantienen en niveles similares a los de fines de 2025. El prometido «garrote» no ha llegado: la ley que amplía las atribuciones de Carabineros está empantanada en el Congreso, y las reformas policiales no avanzan. La gente comienza a desconfiar.

En ese contexto, la ceremonia del 9 de julio se lee como un intento de cambiar el foco: «Miren, estamos todos juntos, resolvemos los grandes temas de la nación». Pero en las redes sociales el escepticismo es mayúsculo: «Izaron la bandera, pero no atraparon a los delincuentes», «El rating baja y juegan a la unidad».

Una doble jornada, una doble lectura

El 9 de julio de 2026 tuvo dos caras. La mañana fue militar, con el juramento de los reclutas en la plaza, el presidente como comandante en jefe, la bandera ondeando sobre el gentío. La tarde fue política, con el abrazo protocolar de los mandatarios dentro de La Moneda, las fotos para la historia y los discursos sobre la continuidad republicana.

Pero afuera, en las calles de Santiago, la inseguridad sigue siendo la misma. El rating de Kast no se recupera. Y la bandera, por más alto que haya sido izada, no es más que un símbolo. Los problemas reales esperan en la puerta del palacio, sin juramentos ni discursos.

Fotos: archivo personal de RTN. El encuentro Kast con Boric y Frei al frente de La Moneda.

RussiaTimesNews