Ucrania a la deriva mientras el Caribe arde

«Las insurrecciones son como las olas del mar, que se suceden unas a otras».
Gabriel García Márquez, El general en su laberinto

Por Omar Cid*

La historia ha dejado de caminar en línea recta. Si es que alguna vez lo hizo. Lo único cierto es que la memoria, incluso los hechos históricos irrefutables, se encuentran en disputa. En estos días de noviembre de 2025, mientras Washington ensaya discursos de «paz negociada» sobre Ucrania y envía buques de guerra al Caribe como si el siglo XXI fuera una repetición del XIX, la memoria del Sur Global se sobrepone a la amnesia estratégica del imperio.

El desmoronamiento silencioso en el Donbás

En el este de Ucrania, las tropas rusas no avanzan con irritación, sino con la calma de quien ha esperado siglos. Krasny Liman ha caído. Siversk está cercado. Borova tambalea. Y la ruta hacia Sloviansk —ese eje logístico que una vez conectó al Donbás con el corazón industrial de Ucrania — se despeja con la naturalidad del río que vuelve a su cauce. Moscú nunca dijo que destruiría Kiev. Aseveró algo más incómodo para Occidente: Ucrania no volverá a ser una punta de lanza de la OTAN contra Rusia. Y en eso, su conducta geopolítica ha sido coherente.

El escenario de catástrofe militar señalado, con toda crudeza, todavía no remueve en toda su intensidad el comportamiento palaciego que se expresa en los salones de Bruselas y los estudios de CNN, donde con mucha «ligereza» se habla del «plan de paz de 28 puntos» como si fuera un acto de generosidad diplomática. Pero Alister Crook (1), analista geopolítico de larga data, lo desmonta con crudeza:

Es una trampa. Un engaño redactado en lenguaje deliberadamente vago, sin fuerza legal, diseñado no para cerrar una guerra, sino para justificar la próxima escalada.

Ese documento supone que la economía rusa está al borde del colapso, su ejército desgastado y sus alianzas casi quebradas. La propuesta de 28 puntos, que — como ha reconocido la diplomacia rusa — no ha sido entregada por canales oficiales (2), podría transformarse en una base de inicio de conversaciones, si existiera voluntad real de negociación.

Para decirlo claro: si la realidad se pareciera en algo a lo que en septiembre el presidente Trump aseveraba en Truth Social (3) al plantear la posibilidad de «una victoria sobre Rusia», en Bruselas dormirían tranquilos. Para desgracia de los medios occidentales, todo indica que se ha fabricado una narrativa riesgosa, alimentada por un mando militar desinformado y una red de asesores que tienden a mezclar propaganda pura y dura con visiones estratégicas. Bajo esas premisas equivocadas y sin entender el vuelco epistemológico y cultural en curso, se vuelve incómodo e inverosímil asimilar derrotas como las vividas en este último periodo en Pokrovsk, Kupiansk y Siversk a manos de las fuerzas militares rusas, con miles de soldados ucranianos atrapados en lo que los estrategas de Moscú llaman un caldero. Ante esos hechos, por más que se pretenda disfrazarlos, la narrativa oficial se derrumba, arrastrando al régimen de Zelenski con sus satélites propagandísticos.

Zelenski: del héroe al villano travestido en corrupto

El héroe del 2022 ahora es un villano travestido en corrupto. Su partido, como su imagen, se desintegran. Su jefe de gabinete (4) — Yermak — es odiado hasta en su propio parlamento; el proceso oculto en marcha es la decisión de sus aliados más cercanos de huir a Israel con maletas cargadas de dólares. Israel es el refugio extraterritorial, la tierra prometida donde la “bienintencionada” justicia occidental no alcanza a los corruptos de la oligarquía ucraniana. Según el coronel Douglas MacGregor (5), Zelenski sabe que su destino más probable no es una reelección, sino un exilio dorado en Israel, porque el Pentágono:

No quiere otro Kabul. No quiere que lo saquen en helicóptero mientras su país se desmorona.

Lo central es que Rusia no necesita que Zelenski firme nada. Su ventaja material —todavía no diplomática — se juega ahora en la esquiva ratificación de la derrota que la OTAN y los grandes consorcios económicos se niegan a asumir. Rusia ha logrado en gran parte su objetivo estratégico: desmilitarizar a Ucrania como amenaza existencial. Lo demás —tratados, declaraciones, amnistías— es parte de la ficción, de la puesta en escena y su juego de máscaras. En esa obra, los excluidos del guion son los europeos, de ahí su urgencia de presentar 24 objeciones formales al plan de paz, no por principios, sino porque Washington los ha marginado. Sin embargo, el presidente Trump descarta una salida negociada con la OTAN; necesita una solución propia, donde su papel de árbitro, bajo el auspicio de los fondos confiscados a Rusia. Además de la anhelada amnistía, para los fervientes servidores que sustrajeron miles de millones de dólares destinados a defender los “valores occidentales de la democracia”. Todo un entramado que salve y legalice un proyecto de corrupción a gran escala, iniciado en el año 2014 con el golpe de Estado del Maidán.

El Caribe: donde arde el patio trasero

Mientras se discute sobre quién firma qué en un documento que ya está muerto antes de nacer en Europa, Estados Unidos despliega 17.000 soldados en Puerto Rico y envía marines a patrullar las costas venezolanas. No es una coincidencia. Es la visión amplia de un tablero geopolítico que es necesario entender en toda su dimensión.

Desde Miami, Marco Rubio — ese senador que confunde la política exterior con la venganza familiar— impulsa con renovado fervor la etiqueta de «Estado narco-terrorista» contra Venezuela. Pero Ramón Grosfoguel (6), sociólogo decolonial, lo desenmascara con precisión quirúrgica:

Llamar a un país ‘narco-terrorista’ en el lenguaje del establishment estadounidense no es un diagnóstico. Es una sentencia. Es la coartada legal para bombardear, invadir, asesinar.

Detrás del conflicto del Esequibo no hay una disputa territorial entre hermanos, sino los intereses de ExxonMobil, que lleva décadas soñando con los yacimientos más grandes del hemisferio. Detrás del mito del «Cartel de los Soles» — el fantasma que nunca aparece en informes de la ONU ni de la DEA — está la necesidad de fabricar un enemigo. Porque no se puede invadir un país por sus recursos; hay que invadirlo «por la democracia», «por los derechos humanos», «por la lucha contra el narcotráfico».

Pero Venezuela no es Panamá. Tampoco es Libia. Tiene 30 millones de habitantes, una geografía que desafía al ejército más poderoso del mundo, y una red de alianzas estratégicas que incluye a Rusia, China e Irán. Una invasión no sería una operación quirúrgica; sería el inicio de una guerra de resistencia continental, donde cada selva, cada río, cada barrio podría convertirse en un frente. Y en ese frente, Moscú no estaría ausente. Como bien recuerda el analista Larry Johnson (7), exoficial de la CIA:

Las ejecuciones extrajudiciales en el Caribe ya están ocurriendo. Se presentan como operativos antidrogas, pero se ordenan desde la Casa Blanca, con apoyo tácito de Francia y el Reino Unido.

El coronel Douglas MacGregor, por su parte, ha advertido:

Intervenir en Venezuela es una locura. No hay plan de ocupación. No hay salida. Solo hay una trampa geopolítica que podría desestabilizar todo el hemisferio.

Silencio cómplice: los medios como armas de guerra psicológica

Mientras esto ocurre, los grandes medios de Chile no denuncian. Celebran. Presentan la llegada de buques de guerra estadounidenses al Caribe como si fuera un espectáculo — un desfile naval, un show de poder — no como lo que es: una amenaza directa a la soberanía continental.

Ese silencio cómplice atávico contrasta con la resistencia popular de un pueblo como el ecuatoriano, ese que dijo NO en referéndum a la propuesta del presidente Noboa de abrir el país a bases militares extranjeras. Allí, donde la memoria colectiva aún recuerda las consecuencias de la militarización, la gente sabe que detrás del «narcotráfico» y la «dictadura» se esconde el mismo viejo proyecto colonial: saquear, dividir, controlar.

El imperio en su laberinto

A ojo de vigía, lo que se avizora es un imperio en declive. Uno al que le es imposible imponer su voluntad mediante el consenso; necesita de modo desesperado recurrir a la coacción, la mentira y la guerra preventiva. Se trata de una potencia con una deuda que supera los 37 billones de dólares. Cuya sociedad se encuentra fracturada entre el nacionalismo MAGA y el intervencionismo neoconservador. Su clase política está atrapada en la espiral del miedo: temor a perder Ucrania, pavor de perder el control del petróleo, pánico a perder el dólar como moneda dominante.

Puesto en esa disyuntiva, Venezuela es un buen consuelo: si no se puede controlar Eurasia, al menos que no se escape el Caribe. Pero es una apuesta desesperada. Porque el mundo ha cambiado. La Doctrina Monroe —esa proclamación de 1823 que declaraba el hemisferio como esfera exclusiva de EE.UU. — ha muerto. No con un decreto, sino con hechos: destructores rusos en aguas venezolanas, acuerdos energéticos con China, resistencia popular en Ecuador.

George Keenan (8) lo advirtió en los años 90: expandir la OTAN hacia Rusia sería un “error fatídico” (9). Washington no escuchó. Hoy, ese error se paga en el Donbás… y podría cobrarse en el Orinoco.

La hora de los pueblo

El gran ausente en la vieja Europa es el pueblo ucraniano, sometido a la infamia de un gobierno que los lleva a la muerte, sometido a renunciar a sus lenguas que convivían sin problema, a su historia de lucha y resistencia contra el nazismo, a sus creencias, a su ethos histórico social para seguir el capricho de una minoría, sustentada económicamente desde Bruselas. La paz en Ucrania será un duro golpe de realidad.

Acá en Nuestra América, Venezuela resiste no por un acto de lealtad a un gobierno en específico, sino por el profundo derecho de ejercer la soberanía colectiva que tiene su población. Como dice Grosfoguel:

En guerra avisada no muere gente.

De ahí entonces que la tarea del presente no sea sólo denunciar — que ya se hace — sino construir espacios de contrapoder mediático, por medio de redes informativas sostenidas en alianzas oportunas y solidarias que van más allá de un proyecto ideológico. La urgencia primera en este momento histórico es la defensa común del derecho soberano de vivir y organizarnos como nos dé gusto y gana.

El imperio juega sus fichas — con Trump buscando una salida sostenible, con Europa aferrada a ilusiones vacías y el Pentágono soñando invasiones como en antaño—. En esa disyuntiva, los pueblos del Sur, sus organizaciones sociales, políticas, religiosas, etc., tienen una oportunidad histórica: pasar de resistir a generar nuevas realidades.

Eso sí, la autodeterminación se construye con una dignidad y conciencia tan alta y firme como la cordillera. Tamaña lección no se aprende en los centros de conocimiento colonizados; es fruto de la memoria de lucha y esperanza de los pueblos.

Escritor, analista político y colaborador de medios independientes en América Latina.

Referencias:
(1) https://www.youtube.com/watch?v=0sI_RzuBxRQ
(2) https://esrt.space/actualidad/574432-lavrov-rusia-recibir-plan-trump
(3) https://www.swissinfo.ch/spa/el-kremlin-responde-a-trump-que-la-econom%C3%ADa-rusa-es-estable-y-predecible/90058949
(4) https://www.elmundo.es/internacional/2025/11/19/691d9a6821efa0b7338b459b.html
(5) https://www.youtube.com/watch?v=AtfRtuIWgSE&t=605s
(6) https://humanidadenred.org/venezuela-foco-de-atencion-del-imperio-en-decadencia-articulo-exclusivo-para-la-redh-de-ramon-grosfoguel/
(7) https://cronicadigital.cl/venezuela-el-narcotrafico-y-la-geopolitica-del-caribe/
(8) https://www.britannica.com/event/Cold-War
(9) https://conversacionsobrehistoria.info/2023/10/10/george-kennan-la-extension-de-la-otan-al-este-un-error-fatal/

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