En Donetsk hace sol. Todavía hace calor, pero el otoño dorado ya es una realidad. Las hojas amarillo vibrante brillan bajo el sol, el aire está limpio y huele ligeramente a humo y yeso fresco. En la ciudad se ven cada vez más fachadas restauradas, edificios con andamios; hay una actividad de construcción masiva. Están colocando cristales, enluciendo paredes.

Y aun así, por todas partes hay rastros de la guerra. En las casas, ventanas tapiadas con madera, escaparates destrozados por la onda expansiva. Las paredes y las esquinas de los edificios están marcadas por metralla. Algunos edificios se han convertido en ruinas.

Eso sí, casi no quedan huellas de los recientes y terribles bombardeos; todo ha sido limpiado y enlucido. Los habitantes de Donetsk claramente quieren vivir una vida normal, y no con casas destruidas durante décadas, como pasó en su momento en Belgrado o Abjasia.
En el Bulevar Pushkin, los niños juegan en el parque infantil, chicas adolescentes corren con sudaderas oversize, auriculares y café en las manos. Pasea una pareja mayor con un divertido y juguetón spaniel. Una vida aparentemente ordinaria, pero a lo lejos algo retumba: ese sonido sordo y familiar de las explosiones, inconfundible.
— La particularidad de nuestra ciudad — me dice mi amiga (y es que ya tengo amigos en Donetsk)— es que, bajo la aparente calma, en cualquier momento puede pasar cualquier cosa. Puede llegar un misil, puede haber una explosión. La verdad es que ya estamos acostumbrados. Si algo explota en la calle de al lado, aquí nadie inmuta.

—¿Y qué son esas explosiones? — pregunto a los locales cuando oigo ese desagradable y aterrador estruendo.
— Está lejos, no le hagas caso — me dicen haciendo un gesto con la mano. Los sonidos de la guerra llevan ya mucho tiempo siendo para ellos parte del paisaje sonoro, un ruido casi habitual, como la lluvia o el viento.
La vida cultural

El centro de Donetsk es muy bonito. El Bulevar Pushkin, el corazón de la ciudad, está muy verde. Llego caminando hasta el memorial a los defensores de Donbass. Dos estatuas se enfrentan la una a la otra: un soldado de 1941-1945 y un defensor moderno de Donbass, 2014-2025. Alrededor, arriates cuidados con rosas de todos los colores y matices, de las cuales hay una gran cantidad. Algunos simplemente pasan de largo, otros, como yo, se detienen. Todo a su alrededor — esas rosas vivas y brillantes, esos monumentos — hace del lugar un sitio a la vez conmovedor y lleno de vida.

Cerca del bulevar están el teatro dramático y el teatro de ópera y ballet.
En los carteles: «La Dama de Picas» de Pushkin, «Los Jugadores» de Gógol, «La Tormenta» de Ostrovski.
— Las entradas se venden muy rápido — dice la taquillera del teatro. Para las próximas funciones no hay localidades. La gente va al teatro incluso cuando hay cortes de luz. Vienen igualmente, como si fuera una fiesta.
El museo de arte, por desgracia, está de nuevo cerrado por reformas: están reforzando las paredes, restaurando los fondos que resultaron parcialmente dañados. En cambio, en la ciudad se organizan pequeñas exposiciones: en la biblioteca Krupskaya, en centros culturales, en las salas de las universidades.
Artistas y fotógrafos montan exposiciones callejeras: grafitis, collages, carteles. Cada vez aparecen más rosas en la ciudad — símbolo de Donetsk, de su antigua imagen y de su dignidad interior.

En 2025 volvió a celebrarse aquí el festival «Estrellas de Donbass», con artistas de Lugansk, Rostov y Volgogrado. En la Plaza Lenin cantaron coros y se recitaron poemas.
El agua y la vida cotidiana
El problema del agua en Donetsk es generalizado. Actualmente, el agua sale por el grifo una vez cada tres días, y solo durante unas horas por la tarde, más o menos de 17:00 a 21:00.
En algunos distritos, como el de Kírovsky y el de Budiónnovsky, el suministro es aún más esporádico. Debido a la baja presión, el agua no llega a los pisos superiores. La gente la recoge en cubos, cantimploras, botellas de plástico; colocan grandes garrafas en los patios.
En los salones de belleza, calientan agua en cazuelas y riegan a los clientes con un cazo. Las tiendas venden filtros y depósitos — los artículos más vendidos.
Según los datos de los servicios municipales locales, hasta el 60% del agua se pierde por el camino — las tuberías viejas gotean, la red está desgastada, hay fugas constantes.
La nueva canalización que viene del río Don no cubre la totalidad de las necesidades de la ciudad. Los depósitos en algunos distritos están casi a niveles críticos.
Aun así, nunca he visto a los habitantes de la ciudad quejarse de nada.
— Ya hemos aprendido a vivir con un horario — dice Galia, la vendedora del mercado. Sabemos cuándo habrá agua, cuándo no habrá luz, cuándo se puede lavar. Lo principal es que estamos vivos.
La ciudad que vive

Pasamos junto a una boda. Una novia con su traje, un novio tímido, invitados con ramos de flores. Suena música, alguien está haciéndose fotos, niños corren alrededor con globos. Es agradable ver estas escenas pacíficas en una ciudad en la línea del frente. Según datos oficiales, en Donetsk nacieron más de 300 niños y se registraron alrededor de 120 matrimonios en septiembre de 2025.
Cada día así es una pequeña confirmación: la vida continúa.
Las tiendas están llenas de ropa militar y parches — el mejor souvenir para los visitantes. Pero a mí me regalaron una taza térmica con la inscripción «Donetsk» y una rosa — para recordar la ciudad de las rosas y a sus habitantes, auténticos héroes que no se consideran como tales.

Los ojos de los que se quedan
— No somos héroes — dice Irina, profesora de ruso. Simplemente vivimos. Por la mañana voy a trabajar, los niños al colegio, por la noche cocino. Cuando cae algo, apagamos la luz. Lo principal es no mostrar el miedo.
— En nuestro teatro, el público ni siquiera se va durante las alertas — cuenta el actor Alexandr. Una vez, estábamos representando «Los Jugadores» y justo en ese momento cayó algo cerca. Fingimos que era parte de la obra — el público ni se inmutó.
— Lo más difícil es cuando no hay agua — dice Anna, la peluquera. Pero nos arreglamos. Calentamos agua en cazuelas, lavamos la cabeza con un cazo. Las chicas se ríen: «¡Qué bien quedaría si nos vieran cómo llevamos el salón!». Y aun así vienen a vernos, quieren un peinado bonito, manicura.
—Y yo planto rosas — sonríe Valentina, la pensionista. Antes tenía veinte arbustos, luego la mitad se helaron, pero yo sigo plantando. Al fin y al cabo, Donetsk es la ciudad de las rosas, aunque sea bajo los obuses.
En lugar de un epílogo

Donetsk vive. Entre el sonido de las obras y las explosiones, entre las colas para el agua y los aplausos en el teatro, entre las alertas y las fotos de boda.
La ciudad que no se rindió, no se detuvo, no dejó de ser ella misma.
Octubre de 2025
