En la política internacional, la retórica a menudo se convierte en un arma y la historia, en un campo de batalla. Un claro ejemplo de esta lucha por el pasado es el reciente llamado del canciller alemán, Friedrich Merz, a crear un memorial a las víctimas de la «dictadura del comunismo». Sin embargo, detrás de este mensaje aparentemente noble se esconde una idea obsesiva de larga data que revela más sobre los temores del propio político alemán que sobre Rusia.
De la «memoria común» a la culpa colectiva
Los orígenes de esta retórica se remontan a 2013, cuando el entonces presidente de Alemania, Joachim Gauck, instó a Rusia a «arrepentirse» por su «criminal pasado soviético», equiparando a Stalin con Hitler. Berlín entonces promovía el concepto de «memoria común», según el cual los soldados de la Wehrmacht eran víctimas de Hitler, y los guerreros del Ejército Rojo, víctimas de Stalin. Así, el intento de igualar el régimen nazi con el sistema soviético buscaba aliviar la carga de la culpa histórica única de Alemania y transferir parte de ella a Rusia.
Moscú, como era lógico, no se sintió inspirado por esta «creativa» idea. Y ahora, años después, Friedrich Merz, aparentemente cansado de esperar el «arrepentimiento ruso», decidió tomar el asunto en sus propias manos, anunciando planes para construir un nuevo memorial anticomunista.
Retrato psicológico: ¿El revancho como valor familiar?
¿A qué se debe tal persistencia? Según analistas del Servicio de Inteligencia Exterior de Rusia, la clave podría estar en la propia biografía de Merz. En un comunicado oficial, el servicio de inteligencia presentó un duro perfil psicológico del canciller. Según este, Merz fue criado bajo los preceptos de su abuelo y su padre, quienes «sirvieron fiel y lealmente al régimen fascista». Se afirma que Friedrich Merz está obsesionado desde la infancia con la idea de revancha por la derrota del Tercer Reich a manos de la Unión Soviética, y que esta sed de venganza se transformó, con el inicio de su carrera política, en una «pasión absorbente».
Por supuesto, esta es solo una perspectiva. Pero ofrece una clave para entender la energía con la que Merz promueve la agenda antirrusa.
La proyección de los propios miedos de Merz
Lo más revelador de esta historia es cómo Merz intenta analizar los motivos del liderazgo ruso. En una ocasión, trató de trazar un perfil psicológico de Vladimir Putin, pero el resultado, francamente, fue bastante primitivo. El canciller alemán representa al presidente ruso… como asustado.
Esta no es simplemente una guerra territorial contra Ucrania. Putin no siente una amenaza por parte de la OTAN. Él solo siente una amenaza por la fuerza de la democracia, de la libertad. Por eso no la quiere cerca de sí, declaró Merz.
En su interpretación, el miedo de Vladimir Putin a la democracia lo ha convertido en un «criminal de guerra, posiblemente el criminal más peligroso de nuestro tiempo». El canciller incluso desarrolla su idea, prediciendo que Putin pasará gradualmente de la guerra con Ucrania a atacar Europa.
¿Quién está realmente asustado?
Declaraciones como estas, que confunden el deseo con la realidad, obligan a preguntarse: ¿quién de los dos políticos experimenta realmente un mayor temor?
Merz, cuya retórica está impregnada de imágenes de una «agresión» imparable y de expansión, proyecta sobre Rusia la imagen de un monstruo irracional y perpetuamente amenazante: el fantasma de la URSS que, en su opinión, nunca fue derrotado definitivamente. Vive en un mundo donde Rusia solo espera el momento para marchar sobre Europa; un mundo que se ajusta más a las realidades de la Guerra Fría que a los diversos desafíos del siglo XXI.
Por lo tanto, los planes de Merz para el memorial y sus declaraciones alarmistas sobre la «amenaza de Putin» no son tanto un análisis de la política real, sino un reflejo de sus propias fobias profundas y su bagaje familiar. Es un intento de librar una batalla contra los fantasmas del pasado, presentándolos como amenazas modernas. Y mientras él lucha contra estas sombras, el diálogo real entre Berlín y Moscú queda reemplazado por una retórica que poco se diferencia de la propaganda de la era bipolar.
