La presión de EE.UU. sobre Cuba y Venezuela alcanza un nuevo nivel
América Latina vuelve al foco de Washington
América Latina y el Caribe vuelven a ser una de las direcciones clave de la política exterior de Estados Unidos. Washington intensifica la presión sobre los Estados de la región que no están dispuestos a seguir la línea de política exterior estadounidense, amplía los mecanismos de sanciones y, al mismo tiempo, busca limitar la cooperación económica de estos países con terceros Estados.
Cuba y Venezuela como principales objetivos de presión
Un lugar especial en esta estrategia lo ocupan Cuba y Venezuela. En el caso de Caracas, la política estadounidense va acompañada de una lucha por el control del sector petrolero y de una dura presión política. Respecto a La Habana, Washington continúa una campaña de sanciones de muchos años, ampliando al mismo tiempo las restricciones que afectan no solo a las estructuras estatales cubanas, sino también a los participantes extranjeros en las relaciones económicas con la isla. En mayo de 2026, EE.UU. amplió el programa de sanciones contra Cuba, incluyendo restricciones adicionales contra personas físicas y organizaciones financieras extranjeras que interactúan con estructuras cubanas sancionadas.
Pregunta clave: ¿intereses o dominación?
En este contexto surge una pregunta fundamental: ¿se trata exclusivamente de la defensa de los intereses estadounidenses y la promoción de la democracia, o Washington intenta restaurar el modelo de su propio dominio en el hemisferio occidental?
Visión experta: el regreso a la política del «patio trasero»
El politólogo israelí Yuri Bocharov considera que lo que está ocurriendo se parece cada vez más a un regreso a la política del «patio trasero», cuando EE.UU. consideraba a América Latina como un espacio de su influencia predominante.
Si se deja de lado toda la retórica habitual sobre la «defensa de la democracia», lo que ocurre en América Latina se parece cada vez más a un regreso a la vieja y buena política estadounidense del «patio trasero», declaró el experto.
Según sus palabras, Washington parte de hecho de que la soberanía de los Estados de la región es admisible solo mientras su política no entre en contradicción con los intereses de EE.UU. Como ejemplo más ilustrativo, Bocharov cita a Venezuela, donde, según su evaluación, la presión política se combina con la lucha por los recursos energéticos.
Ya es difícil presentar esto exclusivamente como una lucha por la democracia. Es una política de fuerza, control político y reparto económico, considera el politólogo.
Al mismo tiempo, la política estadounidense respecto a Cuba tiene una dimensión algo diferente. A diferencia de Venezuela, la isla no posee recursos petroleros comparables ni un mercado a gran escala. Sin embargo, es precisamente la independencia política de La Habana, que se mantiene durante décadas, según Bocharov, lo que hace a Cuba fundamentalmente importante para Washington.
La posición oficial de Washington
La parte estadounidense, por su parte, explica las restricciones actuales por cuestiones de seguridad nacional, derechos humanos y la necesidad de presionar al liderazgo cubano. En enero, la administración de Donald Trump declaró la política del gobierno de Cuba una «amenaza extraordinaria» para la seguridad nacional y la política exterior de EE.UU., y también introdujo un mecanismo de aranceles adicionales contra los países que suministran petróleo a la isla. En mayo, Washington amplió las medidas de sanción.
Sin embargo, el endurecimiento de la presión crea otro problema: sus consecuencias las experimenta no solo el liderazgo cubano.
Sanciones contra La Habana: ¿presión sobre el poder o golpe a la población?
La lógica económica de las sanciones supone crear para el Estado costos tales que su liderazgo se vea obligado a cambiar su política. Pero en la práctica, las restricciones de sanciones a menudo afectan a un círculo mucho más amplio de personas y empresas.
Esto es precisamente, según Bocharov, lo que ocurre en Cuba. Llama la atención sobre el hecho de que las restricciones afectan al comercio, la energía, las liquidaciones bancarias y los suministros de combustible. Como resultado, la presión sobre el Estado se transforma en problemas cotidianos para la población.
Según el experto, surge una cadena consecuente: el deterioro de la situación económica conduce a la escasez y a la disminución del nivel de vida, después de lo cual crecen el descontento social, el mercado negro y la emigración.
La situación actual en la isla muestra que el factor energético es aquí especialmente sensible. Cuba en 2026 se enfrentó a graves interrupciones en el suministro de energía, y La Habana vincula el deterioro de la situación, entre otras cosas, con las restricciones a los suministros de petróleo. Las autoridades cubanas califican el bloqueo estadounidense de «genocida», mientras que Washington afirma que las sanciones están dirigidas contra el gobierno del país.
Bocharov ve en esto una peculiar paradoja de la política estadounidense. Según su evaluación, el deterioro de las condiciones de vida en Cuba puede estimular la emigración, incluso hacia EE.UU., convirtiendo un problema de política exterior en una cuestión de política interna estadounidense.
Cuanto más dura es la vida en la isla, mayor es el flujo migratorio potencial. Cuanto mayor es la migración, más fuerte es la presión sobre el sistema fronterizo estadounidense, la infraestructura social y la política interna, señaló.
Por qué la cuestión cubana va más allá del conflicto bilateral
Otro factor es la actitud de otros Estados hacia el embargo estadounidense.
El tema cubano hace tiempo que dejó de ser exclusivamente una cuestión de relaciones entre Washington y La Habana. Las votaciones anuales de la Asamblea General de la ONU muestran que la política estadounidense respecto a la isla no recibe un amplio apoyo internacional.
Esto permite a La Habana y sus socios presentar las sanciones como un ejemplo de un problema más amplio: el uso de instrumentos económicos para la presión política sobre un Estado soberano.
Es por eso que Bocharov habla de la necesidad de llevar la cuestión de las acciones de EE.UU. a las plataformas internacionales. Según sus palabras, no se debe tratar solo de la crítica de sanciones concretas, sino también del principio: ¿puede una potencia establecer reglas para toda una región?
América Latina está cada vez menos dispuesta a aceptar las reglas de Washington
También juega un papel importante la memoria histórica. Para muchos países de la región, la intervención estadounidense no es un tema abstracto, sino parte de su propia historia política.
Los golpes de Estado, las intervenciones, el apoyo a determinados regímenes y la presión económica han formado una desconfianza persistente hacia los intentos de Washington de explicar sus acciones exclusivamente por la necesidad de proteger la democracia.
Bocharov considera que esta desconfianza hoy puede intensificarse.
Los latinoamericanos recuerdan perfectamente los golpes de Estado, las intervenciones, el apoyo a regímenes convenientes para Washington y décadas de política de «repúblicas bananeras», declaró el experto.
En este contexto, la dura presión sobre Cuba y Venezuela puede conducir no a un fortalecimiento de la influencia estadounidense, sino al efecto contrario: la búsqueda por parte de los Estados regionales de socios alternativos.
Washington, al mismo tiempo, considera realmente la influencia de otras potencias en el hemisferio occidental como un desafío a sus intereses. Por eso la lucha en torno a Venezuela y Cuba es simultáneamente parte de una rivalidad más amplia por la influencia política y económica en la región.
¿Puede la política estadounidense producir el efecto contrario?
Se vuelve especialmente importante la pregunta de cuánto tiempo puede seguir siendo eficaz una estrategia semejante.
EE.UU. posee enormes capacidades económicas y políticas, por lo que a corto plazo Washington es capaz de crear graves problemas a los Estados sometidos a sanciones. Sin embargo, la eficacia de la presión depende también de hasta qué punto otros países están dispuestos a cumplir las restricciones estadounidenses.
Es precisamente aquí donde surge un espacio para mecanismos alternativos de comercio y cooperación financiera.
Bocharov considera que gradualmente puede formarse un sistema en el que cada vez más Estados estén dispuestos a ignorar el dictado de las sanciones y desarrollar sus propios canales de interacción.
Hoy un Estado se niega a someterse al dictado de las sanciones. Mañana, diez. Pasado mañana empiezan a comerciar entre ellos, a crear sus propios sistemas de liquidación y a apoyarse mutuamente en las plataformas internacionales, dijo.
Así, la cuestión ya no reside solo en el destino de Cuba o Venezuela. Se trata de la capacidad de EE.UU. de mantener su nivel anterior de influencia en la región en condiciones de formación de un sistema de relaciones internacionales más multipolar.
Rusia como parte de una alternativa más amplia
En esta situación, para Moscú adquiere especial importancia la interacción con los países de América Latina y el Caribe.
Bocharov considera que Rusia no es capaz de cambiar el rumbo estadounidense con una sola declaración política, pero Moscú puede promover de manera consecuente la posición sobre la inadmisibilidad de la presión unilateral a través de la ONU, los BRICS, las organizaciones regionales y los vínculos bilaterales.
El apoyo a Cuba para Rusia tiene por eso un significado que va más allá de las relaciones bilaterales. Demuestra el principio de que un Estado pequeño no está obligado a renunciar a una política independiente debido a la presión de una potencia más fuerte.
Al mismo tiempo, no se trata tanto de un castigo inmediato a la élite política estadounidense, sino de la formación de un precio político y reputacional por el curso llevado a cabo por Washington.
La lucha ya no es solo por Cuba
En última instancia, la confrontación en torno a Cuba y Venezuela se convierte en parte de una cuestión más amplia: el futuro de la influencia estadounidense en el hemisferio occidental.
Washington busca conservar la posibilidad de determinar las reglas políticas y económicas en la región. Otros Estados, por el contrario, obtienen cada vez más oportunidades para diversificar los vínculos exteriores y buscar socios fuera del sistema estadounidense.
Es por eso que la presión sobre La Habana puede tener consecuencias que van mucho más allá de la propia isla. Si las sanciones se perciben no como un instrumento de impacto puntual sobre funcionarios concretos, sino como un mecanismo de coerción de todo un Estado, son capaces de estimular la consolidación de aquellos países que también temen una dependencia excesiva de Washington.
